domingo, 14 de marzo de 2010

PERFIDIAS DE NEWTON

Ciertamente, no debemos abandonar la evidencia 
de los experimentos por sueños y ficciones vanas, 
ni tampoco alejarnos de la  analogía de la naturaleza,
que es acostumbradamente simple y siempre consonante
consigo misma.

ISAAC NEWTON
Philosophiae naturalis principia mathematica












EN CIERTAS REPÚBLICAS sudamericanas, algo tan modernamente trivial como tomar un avión puede resultar tan azaroso como intentar la circunvalación terrestre hacia finales del Siglo XVII, cuando los avatares de una manzana llevaron a un físico inglés a concebir la ley que mueve los planetas. Demarcar los límites entre lo real y lo ilusorio siempre ha sido tarea para científicos y no para un dramaturgo en la ruina, pero comprendo ahora que quizás fuera necesario transitar esa suerte de ascesis para encarar con libertad de espíritu los hechos sobrevivientes.


Cartelito en mano, un amable chofer me esperaba en el aeropuerto y luego de cargar mi maleta, nos pusimos en marcha hacia la capital sanjuanina. Mientras intentaba justificar ante el pobre hombre las razones de mi tardanza, pensé que los sauces y los álamos se parecían a los de aquella vez. Por suerte, el hotel no era el mismo y la melancolía fue más tolerable. Rellené los formularios y calculando el poco tiempo de descanso que restaba hasta el inicio de las actividades, me abalancé a mi habitación ansiando el abrazo de una almohada mercenaria. Agotado y de mal humor comencé a desvestirme, rumiando la opacidad de una vida como charlista trashumante. La gente cree que uno acumula experiencias fascinantes, que recorre sitios increíbles e incluso, que conoce amores meritorios y esto no es sino otra forma deplorable de subsistencia.


Mientras me quitaba los pantalones, me distraje pensando en que acaso con tales sucesos podría hilvanar algunas anécdotas para acometer la redacción de un cahier de voyages de fácil lectura y sobre todo, de fácil venta. Merodeaba ese pensamiento cuando una catarata de monedas se precipitó de los bolsillos con gran estrépito. En aparente elusión de la ley de gravedad, una moneda de cincuenta centavos se dedicó, no obstante, a circunvalar un par de veces a sus dóciles hermanas, hasta capitular girando sobre su eje de una forma si por inevitable no menos hermosa.


A pesar de que las centurias nos han ido estrechando los sentidos hasta volvernos incapaces de identificar la tensión dinámica entre lo manifiesto y lo oculto, hay instantes donde es posible percibir como una sombra el engranaje ulterior del Universo. Son diminutos intervalos, cual lejanos relámpagos cuyo fulgor no alcanza a iluminar pero permite intuir las formas circundantes. Y se trate de un acontecimiento baladí o magnificente, lo mismo da, porque una vez que el discernimiento logra horadar la ofuscación sensorial, el hallazgo engendra dicha o hastío, pero jamás indiferencia.

Por eso, asistir a las revoluciones de la moneda sediciosa fue semejante a encontrar aquella pieza esquiva, que en modo alguno resuelve el rompecabezas, pero que nos lleva a exclamar: ¡Ah! Se trataba de un pájaro... ¿Cómo no me di cuenta antes? 

Una recóndita felicidad me hizo comprender que probablemente lo que acontece en el orden inferior sea reflejo del orden superior y con esa sola constatación, sentí que dejaba de ser extranjero en mi propia existencia. Todo empezó a encontrar su lugar bajo el sol, simplemente porque era posible que, como enseñaba Newton, si un objeto atrae a un segundo objeto, este segundo atraiga al primero con la misma fuerza también y quizás entonces, ella volviera a mí. Que estuviera en la misma ciudad me hacía presentir tanto más esa posibilidad.

Sin embargo, el silogismo pronto se reveló como una gravosa superstición. Podemos someternos obedientes a la fuerza irresistible de los hechos o podemos revolvermos heroicos en la convicción de que, por nuestros merecimientos, habremos de prevalecer en la tribulación. En ambos casos no somos sino una troupe de marionetas y antes o después, la fuerza de la mecánica planetaria siempre nos derrota, sin que por ello dejemos de creer, funcionalmente obtusos, que obramos conforme nuestra propia voluntad. 

Ella no va a volver, ni aún sabiendo que estoy otra vez en su ciudad. Aunque la sienta respirar en medio de la noche perfumada de azahares, es simplemente otro engaño de mis sentidos. No va a volver.

Suena el teléfono, me avisan que es tiempo de bajar, señores de rostros siempre cambiantes pero de idéntica complacencia, me estrechan la mano y me llenan de elogios, tal vez hasta sinceros. El módico refugio existencial definitivamente se ha extinguido. Las sucesivas imágenes se van solapando y pronto no serán sino el relato de un recuerdo. Y todo volverá a ser igual. El sacrificio de una moneda rebelde ha sido inútil. El pérfido de Isaac había desertado.




© Pablo Martínez Burkett, 2007



El presente texto fue publicado en el libro "FORJADOR DE PENUMBRAS" (Galmort, 2011; primera edición y Eriginal Books, 2014; segunda edición).