jueves, 20 de septiembre de 2012

Descubriendo mis ancestros - CAPITULO I





CAPITULO I
DONDE SE EXHIBE UN POCO MAS DE INDOLENTE IGNORANCIA Y LAS COSAS QUE PASARON
Para la mayoría de los argentinos, el 24 de junio de 1935 es el infausto día en que en Medellín -Colombia- pasó a la inmortalidad Carlos Gardel. Pero para los que luego serían mis abuelos paternos - y por ende mi familia - ese día fue doblemente aciago porque además de la trágica muerte del Zorzal Criollo, también se apagaba la vida de mi tatarabuela, la abuela Anita, ilustre dama que a no ser por una caída que le costó una fractura de cadera, hubiera superado largamente los 105 años con los que la muerte la sorprendió inopinadamente, mientras se fumaba uno de sus habituales cigarros de hoja.

Tan repentina muerte obligó a postergar en un mes el casamiento de mis abuelos, que estaba fijado para la festividad de San Pedro y San Pablo. Era reiterada anécdota evocar la discusión que se suscitó entre mi abuela y su suegra (o sea, la madre de mi abuelo, y a la sazón, doliente nuera de la recientemente desaparecida), quien pretendía que la novia y futura esposa se casara de luto, como convenía al protocolo y buenas costumbres de la época. Previsiblemente, mi abuela se casó con el vestido blanco que había deseado y mi bisabuela concurrió a la boda, con adusto vestido negro y avinagrado semblante, tal como la retrataba el consabido cuadro en sobre el recibidor de su casa.

Según mi abuelo Pepe, esta abuela Anita presumía orgullosamente de sus orígenes santafesinos, así como el de sus padres y aún, el de sus abuelos. Según tengo entendido, era una mujer muy despierta que se había hecho cargo de la crianza de sus nueve nietos, infantes a quienes les sobrevino una temprana orfandad a causa del saturnismo que se llevó la vida de mi bisabuelo Pancho.

Como toda abuela, solía narrar anécdotas de su propia niñez, entre las que se destacaba aquella vinculada con las ensangrentadas cabezas de los degollados, que en tiempos del Brigadier Don Estanislao López (1786-1838), amanecían clavadas en la reja de la Iglesia Matriz. También solía contar que su padre, de nombre Francisco Solano, se había enrolado con el joven Estanislao en el Regimiento de Blandengues que había bajado a Buenos Aires a contribuir en la Reconquista de la ciudad, luego del temporario éxito de las Invasiones Inglesas comandadas por William Carr Beresford (1768-1854), en ese intento expansionista del Imperio Británico que tuvimos que soportar durante las guerras napoleónicas.




Y la mención del Patriarca de la Federación, es propicia para postular que la familia siempre abrazó la causa del Federalismo, porque yo recuerdo haber visto de chico en casa de la tía Carmelita, una divisa punzó con la inscripción en letras negras: ¡Viva la Santa Federación - Mueran los salvages unitarios! Confío en que algún ignorado pariente aún la conserve con cierta reverencia o que, al menos, esté arrumbada en un museo.

Y del padre de este Francisco, o sea, Pancho, que se llamaba Evaristo, lo único que siempre se supo fue que también era criollo y natural de Santa Fe. Si bien no hay registros fehacientes, no parece una exagerada licencia arriesgar que no existiendo por entonces casi movimiento inmigratorio desde la Península, sus propios padres podían haber sido también autóctonos. Pero no era sino una conjetura más entre tantas otras que ponían un inadmisible signo de interrogación sobre el lugar de dónde veníamos.

Lo cierto es que siete generaciones después, se había perdido todo rastro del origen de esa rama familiar, más allá de la segunda mitad de 1700; por lo que siempre me pareció que era una ligereza (bordeando la falacia) afirmar que éramos vascos sin otro recurso que invocar, en forzada locación, a la patria del fundador de Santa Fe.

Alguna turbia vinculación unía indisolublemente esa historia a la señal con la que Dios nos había castigado, pero como queda dicho, de eso no se hablaba.