jueves, 13 de septiembre de 2012

Descubriendo mis ancestros - INCIPIT







Contra el positivismo, que se detiene en los fenómenos: “sólo hay hechos” -yo diría: no, precisamente no hay hechos, sino sólo interpretaciones. No podemos constatar ningún hecho en sí; tal vez sea un absurdo querer algo por el estilo. “Todo es subjetivo” decís; pero ésta ya es una interpretación, el sujeto no es nada dado, es sólo algo añadido por la imaginación, algo añadido después. ¿Es en fin, necesario poner todavía al intérprete detrás de la interpretación? Ya esto es invención, hipótesis.
Federico Nietzsche – Escritos póstumos 7 [60]







INCIPIT
De entre los numerosos (y en algunos casos, bien merecidos) chascarrillos sobre argentinos que pululan por Hispanoamérica, no es infrecuente escuchar que los mexicanos descienden de los mayas y los aztecas, los peruanos, de los incas y los argentinos, de los barcos, baldón que tiene, como en todo mito popular, su cuota de verdad.
En efecto, por el Censo Nacional de 1914 sabemos que a principios del Siglo XX la población de la República Argentina alcanzaba a 7.900.000 almas, de las cuales nada menos que el 43 % eran extranjeras. De esta casi mitad de pobladores foráneos, a su vez, un 50,1 % eran italianos, un 20,2 % eran españoles, un 9,6 % eran franceses y un 3,2 %, ingleses.
Es conocido que el incesante caudal inmigratorio de finales de Siglo XIX hacia estas pampas australes fue el resultado de una política practicada por el Estado argentino a partir de 1852, política que, con sustento en las hoy vilipendiadas ideas cientistas, buscaba fomentar la inmigración europea con miras a una depuración racial, en el convencimiento de que nuestra población era producto de un cruce negativo entre una raza paleolítica (los aborígenes) con otra que no había superado la Edad Media (los conquistadores españoles).
Habiendo nacido en Santa Fe, generosa tierra que diera cobijo a tanto europeo errabundo, no es de extrañar que por mis venas corra la buena sangre de los colonos suizos-alemanes, piamonteses, romanos y hasta moriscos que regaron con sus sudores el fecundo surco del Progreso. Pero por encima de esta herencia de sangre, mi apellido es de indudable procedencia española -de aquellos que significan hijo de alguien- lo que torna un evidente contrasentido que aún hoy mi madre, moviendo negativamente la cabeza, suela reparar mi obcecación con un: “mezcla de vasco con alemán tenías que ser vos….”,  a pesar de no existir vestigio alguno para tal afirmación (por el lado vasco claro está).
Sin embargo con reiterada porfía, siempre ha formado parte del imaginario familiar que nuestro ascendiente vasco era nada menos que uno de los compañeros del noble vizcaíno[1] que vino a abrir puertas a la tierra[2]. Pero por otra parte, preciso es decirlo, el austero orgullo con que se exhibía ese supuesto blasón ancestral, trocaba en ominosa vergüenza cuando se trataba de la otra característica familiar, cierto defecto físico de carácter hereditario que todos, prudentemente, habíamos aprendido a obliterar de nuestras conversaciones.
Siendo hijo y hermano de historiadores, siempre me llamó poderosamente la atención que nadie en la familia se hubiera tomado el trabajo de rastrear las raíces de ese atribuido origen, así como la génesis del execrable estigma que con silente resignación nos veíamos obligados a cargar.
En lo que a mí respecta, una conjugación de juventud con indolencia, sumada a la incredulidad en torno a la atribuida herencia vasca, me mantuvieron apartado de cualquier indagación histórica, más allá de algunos datos que frágilmente recordaba haber oído cuando pequeño de boca de mi abuelo paterno. Mi mudanza a Buenos Aires y la sucesiva muerte de todos los parientes cercanos, cerró prácticamente cualquier posibilidad de acceso verosímil a los orígenes de mi apellido.
De la nota distintiva, verdadero flagelo familiar, mejor no intentar otra cosa que aprender a ocultarla con disimulo.




[1] Juan de Garay (Vid. infra Capítulo IV).
[2] Fundar puertos para poder comercializar los productos de la agricultura.