martes, 27 de octubre de 2015

EL AUTOR INVITADO: Pablo Méndez


EL HOMBRE ESPEJADO
I
El ingeniero Esteban Bustos Esquiar extendió su brazo para que la enfermera le inyectara el analgésico. Hacía días que estaba tendido en esa cama, le dolía la espalda y sentía cómo sus músculos se iban entumeciendo, como si algo lo estuviera absorbiendo desde el interior de su cuerpo; “el cáncer me está comiendo de a poco”, pensó. La clínica era cómoda y lo atendían con los privilegios que le habían otorgado su posición social y la buena amistad que mantenía con el director de la clínica. Eran las doce del mediodía y estaba solo: Ana María, su mujer, había salido en busca de lo que el ingeniero le había encomendado y Sofía, su hija, hacía días que no aparecía. Las enfermeras desfilaban acompañando la música que salía de la radio, el ingeniero Bustos Esquiar solo escuchaba música clásica.

Sabía que iba a morir. Pero lo único que lo mantenía vivo era la posibilidad de una última visita.
II
Esteban pasaba largas horas en su casa. Llegaba del colegio al mediodía y hasta que se hacía de noche sus padres no regresaban. Estaba solo en una casa enorme. El señor Enrique Bustos siempre tenía asuntos de negocios que demoraban su llegada al hogar y su esposa, la señora Virginia Esquiar, encargada de los actos de beneficencia de la iglesia, arribaba cuando la comida estaba servida. Nunca hubo un cambio en esa costumbre y nadie se quejaba al respecto.
Una tarde, cuando Esteban culminó sus tareas, que aparte de las escolares se sumaban las de mantener ordenado su cuarto y abrirle la puerta a Asunción para que preparase la cena, se metió en el baño para jugar con las cremas de su madre y hacer experimentos. Allí fue donde lo vio por primera vez. Parado frente al espejo notó la cabellera de alguien que parecía sentado en el bidet. Con rapidez giró su cabeza pero no encontró a nadie. En cambio cuando miró hacia el espejo nuevamente, allí estaba: parado detrás, con la mirada enfocada en el reflejo de los ojos de Esteban: un niño de remera rayada y pelo negro. Primero pensó que era una broma y no dudó en darse vuelta varias veces con el propósito de tomarlo por sorpresa. Repitió la experiencia hasta cansarse. Le preguntó quién era y qué hacía en su casa, pero no hubo respuesta. El niño de remera a rayas no emitía palabra, solo lo miraba. Esteban comprendió que él no estaba detrás suyo sino dentro de cada espejo con el que se cruzase: en el del comedor donde cenaba con su familia, en el del baño de servicio, en el enorme que reflejaba toda la superficie de la habitación de sus padres. No había lugar donde Esteban no fuera sin que se topase con él.
        Al contrario de lo que podría suponerse, ni la primera vez ni todas las que continuaron tuvo miedo, al contrario, las apariciones le daban cierta tranquilidad. Pero su impaciencia de niño lo traicionó y no dejó de comentar el fenómeno con todos. Sus padres tan atareados en su vida justificaron el hecho atribuyéndole un amigo imaginario. Sus amigos, los pocos que amainaban su soledad en el colegio, le siguieron el juego, y entre guiños cómplices le rendían tributo, “quién más quisiera tener un amigo en el espejo”, decían con aire socarrón. El niño de la remera a rayas lo seguía a todos lados: mientras comía se sentaba junto a la madre y le hacía muecas por la forma jactanciosa de tomar los cubiertos y llevarse la comida a la boca o corría alrededor de la mesa para que Esteban se distrajera y así su padre lo retara y lo hiciera comprender de los buenos modales que debía seguirse en una mesa. Él le echaba la culpa al niño. Al principio sus padres se miraban con preocupación pero después solo cortaban con los sermones y clavaban su atención en el plato de comida.
        El niño de remera a rayas dejó de serlo cuando Esteban le puso un nombre: Tomás. Por una razón que desconocía el siempre quiso llamarse así. De ahí en más, Tomás respondió a su nombre.
III
Ana María llegó con un gran rectángulo enfundado en papel madera. Lo apoyó en el suelo y con esa sonrisa que acostumbraba cuando se sentía segura de sus actos le preguntó a su marido, “¿cómo te sentís? El ingeniero ya casi no hablaba, solo con gestos se comunicaba. Bajó los párpados y dejó que su esposa lo interpretara, “bueno, parece que te sentís mejor”, dijo mientras quitaba el papel y descubría el objeto que había traído con entusiasmo. “Bueno, ahora la parte difícil, ¿dónde lo querés?, Ana María sostenía la sonrisa y se admiraba de su hallazgo, “mirá que me costó mucho conseguirlo”. Esteban Bustos Esquiar siempre fue de pocas palabras, pero ya ni siquiera podía pronunciarlas sin que el dolor lo redujera en un solo movimiento a hacerse un ovillo de carne. Solo atinó a levantar su mano y a apuntar el lugar preciso donde quería que Ana María lo pusiera. Una enfermera entró en la habitación y le aplicó otra dosis de morfina, tenía estipuladas las tomas por fragmentos cortos de tiempo, licencia que habían ordenado como excepción, solo para llevar al ingeniero a un final libre de sufrimiento. Ana María ya estaba sobre una silla, con el martillo que había guardado en su cartera apuntando los clavos que servirían de soporte. La enfermera le pidió que tratará de ser cuidadosa y de no extenderse con los golpes ya que había otros enfermos delicados en el piso. El Ingeniero soltó un soplido de gozo cuando estuvo instalado, era un espejo de marco dorado lo suficientemente ancho como para que pudiera verse la plenitud de la cama. Se vio acostado y sintió pena por su cuerpo, tan diminuto, tan desarticulado, tan solo.
IV
Cuando Esteban cumplió quince años sus padres estaban de viaje por Europa. Se despertó y buscó a Tomás en el espejo del baño. Quería decirle que por la noche podrían festejar su cumpleaños, Asunción prepararía una cena especial para dos y un torta de crema y duraznos. Pero Tomás no estaba. Le pareció extraño ya que mientras lavaba sus dientes lo veía sentado en el bidet con la misma expresión: esa extraña mezcla de melancolía y timidez. Recorrió los espejos de la casa con desesperación. Cuando entró a la habitación de sus padres, se tiró en la cama y se durmió. Al despertar Tomás estaba a su lado. Tenía puesto un traje y una corbata, estaba peinado prolijamente con el jopo inclinado hacia la izquierda, con una sonrisa que no le conocía en el rostro. También le pareció sentir como sus fosas nasales se abrían ante un intenso aroma a perfume. No era la primera vez que Tomás desaparecía, pero nunca por horas, a lo sumo unos minutos, hasta que Esteban lo encontraba.
Lo notaba distinto, tal vez, nunca había reparado en el paso del tiempo, tal vez no había notado que Tomás había crecido junto a él. Lo miró con atención: la cara invadida de granos, una pelusa grisácea se acumulaba en el labio superior y su cuerpo deformado porque había subido de peso. No le preguntó nada, sus diálogos solo respondían a un lenguaje intuitivo.
V
Aparte de bella, Ana María ostentaba un sentido de la perfección que la hacía aún más encantadora. Se pasó la tarde parada sobre la silla con el propósito de dejar perfectamente simétrico el espejo. El vestido floreado le ajustaba la cintura y torneaba sus caderas. Siempre llevaba el pelo lavado, no creía en el mito que suponen la mayoría de las mujeres sobre cómo el continuo lavado del pelo arruinaba su naturaleza. No pasó un día desde que la conoció sin que ella no tuviera el olor fresco de la limpieza, en su cuerpo habitaban distintos aromas: jabón de hierbas en su espalda, en sus pechos y su sexo, crema en sus manos, piernas y cara; shampoo de manzana en su pelo, desodorante en sus axilas, mentol en su aliento, y el perfume importado enlazaba su cuello y sus muñecas. “Es una mujer apetecible, aún lo es”, pensó el ingeniero. Ana María cumpliría cincuenta años dentro de un mes, pero todo el que la conocía reparaba en su juvenil apariencia. Hubo algo que el ingeniero pensó en los últimos días, y era que su esposa se quedaría sola, él ya no estaría para cuidarla, para llenar de soluciones sus problemas.
VI
A la fiesta llegó por insistencia de sus compañeros. Con el traje arrugado y con el título de ingeniero bajo el brazo. Ni tiempo tuvo de cambiarse. Había gente de la universidad pero también familiares y amigos. Todos estaban eufóricos: cantaban y empinaban botellas de champagne hasta rebalsar sus bocas. Entre todas esas personas que meneaban sus cuerpos al compás de la música, congelada con un vaso en la mano estaba ella, una joven de pelo lacio, apostada sobre una pared con aire indiferente, cuya pureza desentonaba ante el exceso de aquella fiesta.
-Ana María, y ¿vos?, dijo ella.
-Esteban, ingeniero, dijo él.
Después de algunos minutos de charla salieron, quedando atrás el bullicio que se atenuaba como si ellos mismo bajaran el volumen con una perilla. Ninguno dijo mucho, sin meditarlo se dejaron ganar por la calle. Primero permitiendo que la distancia de sus cuerpo tomara las reglas de lo formal, a las pocas cuadras ya estaban tomados de la mano, en la puerta del hotel alojamiento se besaron.
La habitación elegida por Esteban no tenía ninguna particularidad salvo los enormes espejos que la rodeaban. El techo y las paredes estaban revestidos por el reflejo de ambos. Fue allí, ante la inmensidad de la imagen hecha a la semejanza de sus cuerpos cuando recordó a Tomás. Se había olvidado de él. La última vez que lo vio fue en esos espejos de los colectivos donde el chofer vigila a sus pasajeros, en el 130, el día de su ingreso a la facultad.
Esteban se abalanzó hacia Ana María, ubicando sus manos correctamente, sin la torpeza del primer reconocimiento. La joven hizo lo mismo, apoyó las palmas de sus manos sobre el pecho de Esteban. Ya habían husmeado sus cuerpos en la fiesta, conocían visualmente los contornos, las vueltas que daban sus carnes en el aire. Desnudos comenzaron a reconocerse hasta que la excitación no solo se hizo visible sino palpable. Esteban subido y ejerciendo presión sobre las piernas abiertas de Ana María. Las exclamaciones se superponían, ambos apretaban sus párpados como si la oscuridad que manipulaban los librara de la vergüenza. Esteban abrió los ojos en busca de un ángulo de visión que le permitiera en los espejos dar con alguna parte del cuerpo de Ana María que se le escapara en esa lucha corporal. Y fue allí cuando lo vio. Tomás sentado sobre uno de los vértices de la cama, desnudo, masturbándose. La primera sensación fue la de terror, un frío le retorció el estómago. ¿Por qué tiene que aparecer ahora? Los minutos pasaban y Esteban no podía apartar su mirada de ese tercer involucrado que nadie había llamado. Tomás era un hombre consumado: barba, un torso fibroso y las piernas abultadas de pelo. Ana María totalmente ausente de esa presencia intrusa, solo pedía que Esteban no parara, sentía en su interior como la dureza del sexo de él la dilataba indefinidamente. Terminaron los tres al mismo tiempo. Ana María con un grito que le hizo arder la garganta, Esteban con un quejido seco y con un volumen de semen inusitado, Tomás con una explosión silenciosa, de esas que no se manifiestan ni corporal ni sonoramente, de esas que solo mancillan el interior de la cabeza.
Esteban y Ana María frecuentaron hoteles hasta su casamiento, y todas las veces, Tomás estuvo a disposición de ellos, como un aliciente sexual, una carga colateral que impulsaba las sensaciones de ambos.
VII
Era de noche. El ingeniero sintió frío. No había enfermeras a quién pudiera pedirle una manta. La ventana dejaba entrar una luz que encendía la oscuridad de la habitación. Sonrío ante aquella contradicción. “¿Te duele algo?”, una voz conocida lo alarmó. “Hola papá”. Todavía con los ojos llenos de la neblina que provoca el sueño, no consiguió darle forma a la figura que se encontraba en un rincón. “Soy Sofia”, dijo la voz y continuó, “perdón por no venir, en estos días tuve mucho trabajo. Viste cómo son estas cosas”. El ingeniero Bustos Esquiar dejó caer de su boca unas palabras, hacía días que no pronunciaba ninguna, “Hola hija, ¿cómo estás?”. Se quedaron en silencio varios minutos alternando suspiros. “Sabés, en estos días estuve pensando mucho en Sergio, lo extraño”, dijo Sofia mientras se llevaba la mano a la boca, como intentando no decir más. “Yo también hija, no es justo que yo me haya despedido primero, él no puede hacerlo conmigo”, dijo el ingeniero, dejando que sus ojos se liberaran y flotaran en lágrimas. “Mamá ya no habla de él, es como si se hubiera olvidado”, un hilo de angustia le corrió por la voz mientras Sofía se lamentaba. “Mamá es fuerte, Sofi, eso es lo que pasa”, el ingeniero intentó calmarla, abrió las sábanas y dejó que su hija se acurruque como un niña. Él la abrazó hasta quedarse dormido nuevamente.
VIII
El semáforo estaba en rojo. Sofia y Sergio jugaban en el asiento de atrás. Ana María trataba de acomodar el rimel en sus pestañas. Era el comienzo de un fin de semana largo que los depositaría en la casa de campo que Esteban había comprado gracias a sus últimos contratos con empresas multinacionales. Era una de los ingenieros más requeridos en el mercado. Del pasacassette salía el concierto de piano número tres de Rachmaninoff. Sergio preguntó si Tomás los acompañaría. Esteban acomodó el espejo retrovisor enfocándolo en la dirección correcta y le dijo: “está sentado justo en el medio de ustedes”. Sus hijos se miraron sonrientes y comenzaron a hacerle preguntas a Tomás que ellos mismos respondían. Ana María miró a Esteban y sonrió incómoda. Hacía tiempo que Tomás era parte activa de sus vidas. Esteban puso primera y dejó subir el embrague hasta que el acelerador estuvo listo para sacar al coche de su estatismo. Miró nuevamente por el espejo y buscó los ojos de Tomás. Mirada que no pudo conectar: el estruendo, el golpe, los vidrios, los gritos, la sangre, Sofia llorando sentada en la vereda con un hilo de sangre en la frente, Ana María llorando con Sergio entre los brazos, Sergio con una parte de su cabeza destrozada, el ingeniero con la mirada ausente.
IX
Esteban Bustos Esquiar no dejó de ver el espejo durante toda la mañana. La respiración se le entrecortaba. Quedaba poco de él, el cáncer se había apropiado de sus movimientos, de sus órganos, de su voz y ahora entorpecía sus pulmones. Le quedaba poco aire, su corazón había dejado de esforzarse. Ana María lloraba a su lado, con su mano entrelazada en la suya, lamentó no poder sentir la piel de su esposa. No despegó la vista del espejo. Tomás debía aparecer. La última vez que lo vio fue en el vidrio espejado del camión que produjo el accidente, con las manos sobre la cara, no queriendo ver lo que había sucedido. Años buscándolo en cualquier superficie que le devolviera su propia imagen. A las diez y treinta y cinco de la mañana el ingeniero Esteban Bustos Esquiar murió con los ojos abiertos en dirección al espejo de la habitación. Ana María se los cerró dulcemente, giro su cabeza desconectándolo del rectángulo de marco dorado y miró hacia él: un hombre canoso de ojos parecidos a los de su esposo, con lágrimas en los ojos la observaba desde el espejo.

© Pablo Méndez

Estudió periodismo, letras, cine y música.
Docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA) e investigador del Instituto Gino Germani. Dicta talleres de escritura, de Periodismo especializado en música rock y un Seminario de rock y literatura. Trabajó en medios gráficos y audiovisuales.
Es director de la web de reseñas de libros Solo Tempestad.

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